Economía dopada
Ya han pasado más de un mes desde que el nuevo gobierno tomó posesión. Durante toda la campaña electoral, y después, está siendo recurrente el debate acerca de qué política fiscal hay que aplicar para salir de esta crisis. O mejor: qué política fiscal provocará menos estragos.
Porque analizadas por separado, en el contexto actual, ninguna parece capaz de ofrecer un remedio sólido y eficaz, que combine varios factores al tiempo:
1. Garantizar el estado del bienestar (básicamente sanidad, educación, pensiones, prestaciones por desempleo y dependencia), tal y como ahora los conocemos;
2. Mantener el pulso de la inversión pública como motor económico con entidad propia;
3. No incrementar (de remontar ni hablamos), el nivel de desempleo;
En este momento una política fiscal expansiva es inabordable desde el lado del gasto. Cualquier iniciativa que pueda incrementar el déficit sería mal vista por los agentes. Y no hay que olvidar que son los mercados los que tienen que aportar el dinero para financiar dicho déficit, y la consiguiente deuda.
Intentar una política expansiva desde el lado de los ingresos implica subir los impuestos. Habría que determinar qué impuestos tocar, y para ello, los más efectivos son el IVA, el IRPF y el Impuesto de Sociedades. Pero esto, más allá del desgaste político, tiene graves contraindicaciones en forma de contracción de consumo, ahorro e inversión.
Por todo ello, y de una forma completamente farisea, los candidatos (unos más que otros) han hablado de impuestos que parece que no afectan a nadie: Banca, grandes fortunas, impuestos especiales, patrimonio… No dicen que todo ello, sumado, no representa ni una subida del 1% del IVA, pero lo presentan como la poción mágica que resolverá todas las angustias: Garantizar los servicios sociales sin incrementar el déficit.
Ya vemos que esto no es así. Y no es así, entre otras cosas, porque ahí no es donde está el problema.
El problema de la economía española no está en la relación directa que algunos proponen entre reducción de déficit, recortes sociales y reducción de la actividad, sino en cómo se ha permitido, durante tantos años, que el tejido productivo se haya hecho tan gasto-dependiente.
Cuando la crisis empezó a manifestarse, realmente ya estaba desatada y era irrefrenable. El error fue equivocar el diagnóstico (será pasajera), y el remedio: el sector público tomará el relevo del privado, incrementando el gasto. Y florecieron los Planes E de todo tipo, que, sin solucionar la destrucción de empleo, incrementaron el déficit hasta niveles vertiginosos 11% en 2009, deteriorando unos indicadores de deuda (donde vierte el déficit), que presentaban un mullido colchón, hasta covertirlo en una incómoda estera.
Y para acabar de redondear la escena, tenemos a unas Administraciones Públicas que en estos años aumentaron sus gastos ordinarios hasta un nivel que sólo podían financiar con unos ingresos extraordinarios que ya no se producen.
Así pues, nos encontramos con una economía dopada. No sólo es un problema de que no fluya el crédito bancario. Tenemos síndrome de abstinencia de gasto público, porque no hemos creado una base económica sólida, exportadora y competitiva.
La prueba de esta afirmación es que durante estos años de bonanza, y arrancamos desde el 2000, no se ha desarrollado un tejido productivo competitivo y productivo, sino grávemente ineficiente y esto se aprecia en que la economía española ha producido en 2011 solamente un 2.3% menos de PIB que en 2007, pero con un 10% menos de empleo: Un dramático ajuste en productividad, vía destrucción de empleo, en lugar de vía incremento de PIB, con el consiguiente sufrimiento personal y familiar.
Esta ecuación no se resuelve con más gasto público. Hay que pasar nuestro particular periodo de desintoxicación: devolver al sector público un tamaño más reducido, que nunca debió haber abandonado, ceder el testigo a al iniciativa privada, apoyar al emprendedor, reformar el sistema financiero y lograr que la inversión fluya otra vez, generando competitividad, no michelines. Todo un reto, Sr. Rajoy.
Joaquín Bueso
Socio Consultor
La oportunidad
MUCHOS DE LOS ELECTORES DEL PARTIDO POPULAR se han sentido desconcertados con las medidas adoptadas en el primer Consejo de Ministros que ya operaba como tal.
Podía entenderse que Rajoy no explicara con mucha claridad qué iba a hacer cuando llegase al poder. Su eterno “depende” encerraba una cierta precaución: el escenario es incierto, las medidas serían impopulares, y no convenía darle munición al enemigo. No obstante, sí anunció lo que “no iba a hacer”: no iba a subir los impuestos.
Precisamente por ello resulta dolorosamente contradictorio que, justo a la primera oportunidad, haga precisamente lo que dijo que “no iba a hacer”.
En mi opinión, en este momento deben dejarse al margen tanto el desencanto y la confusión como las risas alborozadas de la otra parte del Hemiciclo. Más allá de consideraciones, lo que ha calado en la opinión pública es un fuerte sentimiento de urgencia y de gravedad.
Y no es que con ello anime al Sr. Rajoy a tomar medidas todavía más duras. Lo que sí afirmo es que si las tiene que adoptar, el momento es ahora.
Ante la incapacidad, el desistimiento casi desvergonzado, de patronal y sindicatos para alcanzar un acuerdo, el gobierno deberá afrontar la reforma laboral. Puestos a ello, mejor que ésta sea de calado. Es el momento.
Podremos equilibrar un déficit, aunque sea a martillazos. Pero esto no servirá para lograr un crecimiento y, por tanto la reducción del desempleo, si no se consigue que el crédito fluya nuevamente. Una de las asignaturas pendientes más importante es la reforma del sistema financiero. Es imprescindible devolver la confianza en nuestro sistema financiero, y para ello debe conocerse hasta qué nivel llega la podredumbre en el sistema, y promover las medidas fuertes para ponerlo nuevamente en pie. Y esto debe hacerse rápidamente.
Es un sentir general la idea de que las administraciones han despilfarrado de una forma torpe y miope, por no decir claramente negligente, incluso fraudulenta. La regeneración de la clase política debe ir de la mano de medidas que promuevan una administración eficaz y leal con los ciudadanos. Es momento de un rediseño de la estructura administrativa, del adelgazamiento de la maquina burocrática. Ello provocará despidos de interinos, liquidaciones de empresas públicas, etc. con el consiguiente sufrimiento social. Pero, si debe hacerse, el momento es hoy.
Podría seguir enumerando aspectos que reclaman reformas, y que necesitan medidas impopulares. Cuando alguien está enfermo, no le pide al médico que no le haga daño, sino que lo cure. Del mismo modo, la opinión pública, la ciudadanía, aceptaríamos en este momento unas reformas profundas, un sufrimiento y un esfuerzo importante.
Rajoy ha ganado unas elecciones para eso: para curar nuestra salud económica y social. Ahora puede hacerlo. Entretenerse, dudar, impulsar medidas parciales, paños calientes que no traigan el remedio esperado, provocaría dos grandes efectos: una intensa frustración social, y la imposibilidad de llevar a cabo esas políticas duras en el futuro.
Señor Rajoy, haga lo que tenga que hacer, pero hágalo ahora. Es el momento.
Joaquín Bueso
Socio Consultor
¿Es usted capaz de trabajar en equipo?
CUANDO A CADA UNO DE NOSOTROS se nos pregunta si nos gusta o si tenemos facilidad para trabajar en equipo, casi automáticamente respondemos que sí.
Con independencia del contexto en que se plantee esta pregunta, es de esas cuestiones que no admiten respuesta negativa, a menos que uno quiera aparecer como un uraño insociable.
Sin embargo, puestos ya en situación, la realidad es que lo del trabajo en equipo no es, a menudo, nuestro fuerte. Casi siempre confundimos “Trabajo en Equipo” con “Trabajo Repartido” donde la habilidad consiste en distribuir las tareas de forma que cada cual pueda “pasar” de los demás el máximo tiempo posible.
Siendo indulgentes, y avanzando un paso, podemos llegar a sentirnos cómodos trabajando “en grupo”. Formamos un grupo con otros compañeros de sección o de departamento, incluso a veces nos vestimos de forma parecida. Hay una cierta sensación de pertenencia, compartimos un jefe en común que nos manda a todos, y somos más nosotros mismos cuanto menos seamos otra cosa. Todos hemos visto a algún equipo de fútbol que más bien habría que llamarlo “grupo” de futbolistas.
Y es que trabajar en equipo no es fácil. Y no es suficiente que exista una “necesidad” que exceda las capacidades de una persona sola de modo que se vea obligada buscar la colaboración de otras.
Dando un paso más, si no acertamos a definir trabajo en equipo, vamos a intentar definir el concepto “equipo de trabajo”, y a partir de ahí, ver qué pautas podemos extraer para describir qué es lo que hacen.
Katzenbach y K. Smith definieron el equipo de trabajo como:
“Un número reducido de personas con capacidades complementarias, comprometidas con un propósito, un objetivo de trabajo y un planeamiento comunes y con responsabilidad mutua compartida”.
Así pues, podremos concluir que poder trabajar en equipo es tener la capacidad de engarzarse dentro de un esquema de colaboración en que se pueden aportar capacidades complementarias, ilusionarse con un objetivo común, y compartir el peso del éxito o del fracaso.
La existencia de un líder más o menos carismático, comunicación, información compartida y un ambiente de equidad son factores que, sin duda, favorecerán que el equipo funcione mejor. Pero es la disposición personal individual: su generosidad, su lealtad y su nivel ético lo que realmente habilita a alguien para poder trabajar en equipo.
Así pues, la próxima vez que en una entrevista de trabajo, o ante un proyecto, nos pregunten si somos capaces de trabajar en equipo, en realidad nos están preguntando: “¿Es usted una buena persona?”… Y deberemos ser capaces de contestarnos, aunque sea sólo a nosotros mismos.
Joaquín Bueso Recatalá
Socio Consultor
“Cuidado” con los clientes.
Habitualmente, las decisiones sobre instalaciones, máquinas, naves industriales y otros activos no corrientes son objeto de estudio detenido: Alcance de la inversión, forma de financiación, utilidad esperada, conveniencia, oportunidad…, rentabilidad.
Sin embargo, los saldos de clientes y otras cuentas a cobrar pueden llegar a representar una inmovilización financiera mucho mayor y, paradógicamente, escapan con más frecuencia a nuestra atención.
En muchas ocasiones los saldos de clientes simplemente parecen “estar ahí”. Se va facturando y tiempo después se cobran dichas facturas. Pero cuando se observan las cuentas a cobrar en su conjunto, parecen una magnitud con vida propia, difícil de domar, y generalmente mayor de los que imaginamos.
Si al esfuerzo financiero unimos el riesgo comercial, concluiremos que los saldos de clientes también deben ser objeto de una gestión activa.
Se hace muy conveniente realizar una Diagnosis de Clientes, en un sentido amplio, tanto desde el punto de vista financiero y del riesgo, como desde otros ámbitos tales como:
– Concentración de ventas.
– Existencia de contratos de suministro y otras garantías comerciales.
– Correcta definición del proceso de negociación comercial, y alta del cliente y sus condiciones de trabajo (descuentos, comisiones, forma de pago).
– Gestión atenta del riesgo comercial, control de plazos de cobro y de impagados.
– Criterios claros en el tratamiento de saldos dudosos, dotación de provisiones y reclasificaciones de saldos.
La reciente reforma de la Ley de contra la morosidad pretende dar un punto de apoyo para rebajar los niveles de cuentas a cobrar, pero como hemos visto, este no es el único aspecto a considerar.
En más de un sentido, los clientes son nuestra primera inversión, por eso hay que cuidarlos, y tambier tener “cuidado” con ellos.
Joaquín Bueso Recatalá
Socio Consultor









